En
Nazaret, Jesús señala que la respuesta del hombre no podía relegarse al pasado
ni dejarse para el futuro. Los contemporáneos de Cristo, como también
nosotros, son urgidos a una respuesta inmediata. Leemos que los habitantes de
Nazaret se maravillaban de sus enseñanzas. Sin embargo, rápidamente aparece el
espíritu crítico. Este opera buscando una excusa para no tener que reconocer lo
que se impone. Guardini habla de la irrupción del escándalo, que significa «el
exabrupto de una irritación del hombre contra Dios. Contra lo más propio de
Dios, es decir, contra su santidad». Y éste actúa de forma solapada,
indirectamente, y por eso se preguntan: ¿No es éste el hijo de José?
Resulta curioso cómo, en ocasiones, admiramos la abnegación, el
espíritu religioso y la entrega a los demás de personas que viven lejos de
nosotros y de los que tenemos noticia indirecta. Sin embargo, cuando en
nuestros ambientes la santidad se manifiesta a través de alguien cercano, nos
cuesta aceptarla tal cual y nos fijamos en sus limitaciones o defectos para
minimizarla.
El
evangelio es tremendo al mostrar el paroxismo al que llegaron los habitantes de
Nazaret. Recriminados por Cristo, que les mostró, a través de los episodios de
la historia, cómo antepasados suyos habían rechazado a los profetas, llegan a
la extrema locura de querer despeñar a Cristo. Todo es fruto de una turbación
de la mente, que hunde sus raíces en el pecado, y de negai-se a la posibilidad
de que lo cotidiano se convierta en extraordinario, de que nuestra vida
habitual quede transfigurada foor el poder de la gracia.
Así, el evangelio de hoy
podemos verlo como una invitación a tomarnos en serio la llamada a la
santidad, que es el ofrecimiento que Cristo nos hace de su amistad. ¡Qué más
hermoso que su misericordia penetre en todo nuestro ser! ¡Que la práctica
religiosa deje de ser un mero añadido a nuestras ocupaciones para convertirse
en la expresión de la acción de Dios en nuestra vida y en el mundoDavid AMADO FERNÁNDEZ
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