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jueves, 30 de marzo de 2017

CAMINITO DE LA INFANCIA ESPIRITUAL.

La palabra de Dios tiene el poder de desestabilizarnos, en tanto que nos obliga a reconocer que no pode­mos sostenemos por nosotros mismos. De este modo, las exigencias del Señor siempre van más allá de lo que podría­mos con nuestras solas fuerzas. Jesús dice: Sed perfectos, como vuestro padre celestial es perfecto. Pero antes de pen­sar que hemos de llegar hasta Dios, hemos de ver que él ha venido hasta nosotros. Si nos pide una santidad como la suya es porque él ha asumido una humanidad como la nuestra. Nos llama a la perfección, pero haciéndonos hijos. Esa es la maravilla que hace que no podamos ver los mandamientos del Señor con temor, sino con inmensa confianza y alegría.

Esa fue la experiencia de santa Teresa de Lisieux y el des­cubrimiento del caminito de la infancia espiritual. Jesús nos pide que amemos a los enemigos cuando nos cuesta incluso amar a los que nos son cercanos, igual que santa Teresita se sentía incapaz de amar a todas sus compañeras de con­vento como Jesús las ama. ¿Dónde está la respuesta? En que somos hijos de Dios en Cristo. Por eso escribía santa Teresa: «Sí, lo sé, cuando soy caritativa, es únicamente Jesús quien actúa en mí. Cuanto más unida estoy a él, más amo a todas mis hermanas».


DAVID AMADO FERNÁNDEZ

miércoles, 8 de enero de 2014

LAS LÁGRIMAS DE PEDRO. LA ESPERANZA.


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El Espíritu Santo no solamente enriquece, sino también empobrece; no solamente amplía los horizontes y el corazón, sino también nos conduce a través de puertas estrechas. Algo que Pedro experimenta en el momento más terrible de su vida: el de su traición. No obstante en virtud de la misericordia divina, está se convertirá en ocasión de una profunda efusión del Espíritu Santo, manifestada a través de sus lágrimas.
Para Pedro, esta traición supone una terrible caída. Pocas horas antes había declarado seguir a Jesús hasta la muerte. En un instante, todo se viene abajo cuando un humilde criado le plantea esta pregunta: ¿no eras tú también discípulo de este hombre? Por tres veces renegará de su Maestro. ¡El primero convertido en el último! Sin embargo el Espíritu Santo se sirve de tan lamentable caída para volver a remover en lo más hondo el corazón del Apóstol: Pedro cruza su mirada con la de Jesús, descubre el horror de su traición y toda su miseria, pero, al mismo tiempo se da cuenta de que no está condenado, que es más amado que nunca y que existe para él la esperanza de levantarse y ser salvado. Y Pedro se funde en lágrimas en las cuales su corazón está  purificado.
En esa mirada del Maestro, Pedro ha vivido una efusión del Espíritu Santo. Efusión dolorosa que empobrece, despoja de forma definitiva, pero que acaba revelándose infinitamente beneficiosa porque muestra al hombre su impotencia, su absoluta miseria y su nada. Y le obliga desde ese momento a no apoyarse en sus solas fuerzas, ni en sus pretendidas cualidades o en las virtudes que cree poseer; le obligan a contar exclusivamente con la misericordia y la fidelidad divinas. Penetrando así en la autentica libertad.

Jacques PHILIPPE
La libertad interior.



miércoles, 1 de enero de 2014

LOS PROBEMAS EN FILA DE A UNO,

Decía mi marido
 

No olvidemos que a la hora de vivir lo cotidiano, Dios no espera de nosotros más que una cosa a la vez. Nunca dos. Y poco importa que la tarea que he de desempeñar parezca secundaria (barrer la cocina) o importante (pronunciar una conferencia delante de 4.000 personas): es preciso hacer una y otra, sencillamente y con calma, y no intentar resolver más problemas a la vez. Incluso cuando me dedico a algo insignificante, sería un error hacerlo a toda prisa, con la impresión de estar perdiendo el tiempo, para pasar lo antes posible a una actividad que considero más importante. Desde el momento en que una cosa, por banal que sea, es necesaria y forma parte de la vida, merece ser cumplida por sí misma, es decir, estando plenamente presentes en ella. El ofrecerla al Señor le da toda su importancia.

 

Jacques PHILIPPE

La libertad interior.

 

jueves, 24 de octubre de 2013

OBTENER FRUTOS DE LAS FALTAS AJENAS. EL PECADO DE LOS DEMÁS NO ME QUITA NADA.

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 ..................Por lo que se refiere a las faltas e imperfecciones de nuestro prójimo, es bueno considerar – al igual que ocurre con las demás contrariedades – que en el mal, no solo hay mal. La conducta cuestionable de quienes nos rodean y que constituye para nosotros un motivo de sufrimiento, no es totalmente negativa, sino que ofrece ciertos beneficios.
Estos defectos nos ayudan también a no esperar del prójimo la felicidad, la plenitud o la realización que solo podemos encontrar en Dios quien nos invita a “enraizarnos” en Él.  A veces es tras una decepción en la relación  con alguien  de quien esperamos mucho (seguramente demasiado) como aprendemos a profundizar en la oración y en la intimidad con Dios, a esperar de Él esa plenitud, esa paz y esa seguridad que únicamente su amor infinito puede garantizarnos. Cuando los demás nos hacen pasar de un amor “idolatra” (un amor que espera demasiado) a un amor realista, libre y, por lo tanto, finalmente dichoso. El amor romántico siempre se verá amenazada por las decepciones: la caridad jamás, porque no busca su propio interés. (Pablo, 1 Cor.13, 5).

Jacques PHILIPPE.


EL PECADO DE LOS DEMÁS NO ME QUITA NADA.

En lugar de perder el tiempo y desperdiciar energías acusando a los demás de lo que no marcha bien en nuestra vida, o reprochándole lo que consideramos que nos quitan, es preciso esforzarse en adquirir una autonomía espiritual, profundizando en la relación personal con Dios, fuente única e inagotable de todo bien, y creciendo en la fe, la esperanza y el amor desinteresado. Debemos convencernos de una vez por todas de que el hecho de que los demás sean pecadores, a mí no me impide convertirme en santo; que nadie me priva de nada y que, al atardecer de mi vida, cuando me encuentre cara a cara con Dios (que nunca permitirá que carezca de todo lo necesario para avanzar espiritualmente y humanamente), no cometeré la niñería de acusar a los demás de mi falta de progreso espiritual.

Jacques PHILIPPE




jueves, 10 de octubre de 2013

NUESTRA COMPLICIDAD REFUERZA EL MAL.



Tenemos que aprender a detectar el mal especialmente en el terreno de la palabra.
Cuando nos fijamos demasiado en lo que no marcha bien, cuando lo convertimos en el tema preferido de nuestras conversaciones, cuando nos quejamos de los problemas, nuestros o de la sociedad, acabamos proporcionando  al mal más consistencia de la que en realidad posee. A veces nuestra manera de deplorar el mal solo logra reforzarlo. He oído decir a alguien “No me voy a pasar la vida denunciando al pecado: sería hacerle demasiado honor. Prefiero alentar el bien antes que condenar el mal.” Creo que se equivoca. No se trata de condenar al que hace el mal, sino al mal mismo. La postura que recomendamos no es la del avestruz que se niega a ver la realidad, ni la de impedir que se actué, sino ese optimismo propio de la caridad y del amor desinteresado que permite movilizar todas nuestras energía hacia el bien. Tenemos que volver a leer Pablo en:   
1 Co 13, 5-7.
Es grave la perversa satisfacción que se apodera de nosotros al detectar y poner en evidencia el mal con el propósito de justificar nuestros rencores y amarguras; lo cual representa una cómoda manera de descargarlos sobre cuántos nos rodean, cuando en realidad su origen se encuentra en el vacío espiritual que anida en el hombre y en la insatisfacción que genera. ¿Será tan grande el vacío interior que tienen que fabricar enemigos para existir?

Jacques PHILIPPE

miércoles, 11 de septiembre de 2013

APRENDIZAJE DEL AMOR A SÍ MISMO.



El gran secreto de toda fecundidad y crecimiento espiritual es aprender a dejar hacer a Dios: Sin mí no podéis hacer nada. Así, una de las condiciones más necesarias para permitir que la gracia de Dios obre en nuestra vida es decir “Sí” a lo que somos y a nuestras circunstancias.
Dios es realista. Su gracia no actúa en lo imaginario, lo ideal o lo soñado, sino sobre lo real y lo concreto de nuestra existencia. La persona a la que Dios ama con cariño de un Padre no es la que a mí me gustaría ser. Es sencillamente “la que soy”. Dios no ama personas virtuales. A Él no le interesa santos de pasta flora, sino nosotros, pecadores como somos. A veces perdemos tontamente el tiempo quejándonos de no ser de tal o cual manera, por tener tal defecto o limitación. Pero lo que a menudo, impide la acción de la gracia en nuestra vida no son tanto nuestros pecados como esa falta de aceptación de nuestra debilidad. Para “liberar” la gracia en nuestra vida y permitir esas transformaciones, bastaría decir un “sí” a esos rechazos interiores. Admitirlos. Si no admito tal falta o debilidad o haber caído en este o aquel pecado, sin darme cuenta hago estéril la acción del Espíritu Santo. Éste influye en mí en la medida en que lo acepte. Y si no me acepto como soy, impido que el Espíritu Santo me haga mejor.

Jacques PHILIPPE
La libertad interior.


domingo, 25 de agosto de 2013

EL RENCOR.


 

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"CON LA MEDIDA QUE MIDAÍS, SEREÍS MEDIDOS VOSOTROS."

Una interpretación superficial  sería la siguiente: Dios recompensará con largueza a los que son generosos en el amor y el perdón, parcamente a aquellos cuya actitud hacia el prójimo es mezquina. Este versículo posee sin embargo un significado más profundo que el del castigo o la recompensa dictados por Dios de acuerdo con nuestra conducta. De hecho, no es Dios quien castiga, sino el hombre el que se castiga a sí mismo (como en el juicio final).  El versículo se limita a enunciar una “ley” inherente a la existencia humana: quien se niega a perdonar, quien se niega a amar, antes o después acabará siendo víctima de su falta de amor. El mal que hacemos o el que queremos para los demás siempre se vuelve contra nosotros. Quien adopta una actitud de estrechez de corazón hacia el prójimo padecerá esa misma estrechez. Al reducir al otro a un juicio, un desprecio, un rechazo o un rencor, me envuelvo en una red que terminará por ahogarme. Mis aspiraciones más profundas – al absoluto, al infinito – tropezarán con barreras infranqueables y nunca se verán realizadas. Mi falta de misericordia hacía los demás me condena a un mundo estrecho, un mundo asfixiante de cálculos, intereses y cábalas. Basta un mínimo de lucidez y realismo para constatar esta ley y su implacabilidad: no saldrás de allí hasta que devuelvas el último céntimo. (Mt 5, 26).

 

Jacques PHILIPPE

 

miércoles, 19 de junio de 2013

TESTIMONIO DE LIBERTAD INTERIOR.


 
 

Esta mañana, paseando en bicicleta por el Stadionkade, he disfrutado del amplio horizonte que se descubre desde los alrededores de la ciudad, mientras respiraba el aire fresco, que todavía no nos han racionado. Por todas partes se ven carteles en los que se prohíbe a los judíos transitar por los senderos que conducen al campo. Pero, por encima de ese poquito de carretera que nos queda permitido, se extiende el cielo entero. No pueden nada contra nosotros; absolutamente nada. Pueden hacernos la vida muy dura, pueden despojarnos de algunos bienes materiales, pueden quitarnos la libertad exterior de movimientos…; pero es nuestra lamentable actitud psicológica la que nos despoja de nuestras mejores fuerzas: la actitud de sentirnos perseguidos, humillados, oprimidos; la de dejarnos llevar por el rencor; la de envalentonarnos para ocultar nuestro miedo. Tenemos todo el derecho de estar de vez en cuando tristes y abatidos, porque nos hacen sufrir: es humano y comprensible. Y sin embargo, la auténtica expoliación nos la infligimos nosotros mismos. La vida me parece tan hermosa… y me siento libre. Dentro de mí el cielo se despliega tan grande como el firmamento. Creo en Dios y creo en el hombre, y me atrevo a decirlo sin falsa vergüenza (…) soy una mujer feliz y ¡sí! Me vuelco en alabanzas a esta vida en el año del Señor (hoy y siempre del Señor) 1942… ¿Qué año es de la guerra?

 

Etty HILLESUM.

 

Se trata de un testimonio de Etty Hillesum, una joven judía muerta en Auschwitz en septiembre de 1942, cuyo diario fue publicado en 1981.