martes, 17 de enero de 2017

VENID A MÍ.


La plenitud a la que Jesús lleva a la fe tiene otro aspecto decisivo. Para la fe. Cristo no es solo aquel en quien creemos, la manifestación máxima del amor de Dios, sino también aquel con quien nos unimos para poder creer. La fe no solo mira a Jesús, sino que mira desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver. En muchos ámbitos de la vida confiamos en otras personas que conocen las cosas mejor que nosotros. Tenemos confianza en el arquitecto que nos construye la casa, en el farmacéutico que nos da la medicina para curarnos, en el abogado que nos defiende en el tribunal. Tenemos necesidad también de alguien que sea fiable y experto en las cosas de Dios. Jesús, su Hijo, se presenta como aquel que nos explica a Dios. La vida de Cristo -su modo de conocer al Padre, de vivir totalmente en relación con él- abre un espacio nuevo a la experiencia humana, en el que podemos entrar.

La importancia de la relación personal con Jesús mediante la fe queda reflejada en los diversos usos que hace san Juan del verbo credere. Junto a «creer que» es verdad lo que Jesús nos dice, san Juan usa tam­bién las locuciones «creer a» Jesús y «creer en» Jesús. «Creemos a» Jesús cuando aceptamos su Palabra, su testimonio, porque él es veraz. «Creemos en» Jesús cuando lo acogemos personalmente en nuestra vida y nos confiamos a él, uniéndonos a él mediante el amor y siguiéndolo a lo largo del camino.

La fe cristiana es fe en la encarnación del Verbo y en su resurrección en la carne; es fe en un Dios que se ha hecho tan cercano, que ha entrado en nuestra historia.

Francisco

Jesuíta argentino, actual sucesor de san Pedro al frente de la Iglesia Católica (J936-).

viernes, 13 de enero de 2017

LO DIÓ TODO.


Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Esta es la última oración de nuestro Maestro, nuestro Amado. ¡Ojalá sea también la nuestra! No solo la oración de nuestro último instante, sino la de todos los instantes.



Padre mío, a tus manos me encomiendo. Padre mío, me confío a ti, Padre mío, me abandono a ti. Padre mío, haz de mí lo que quieras. Sea lo que sea, te doy gra­cias, te doy gracias por todo.
Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, te doy gra­cias por todo, con tal que se haga en mí tu voluntad, oh Dios, con tal de que se haga tu voluntad en todas tus criaturas, en todos tus hijos, en todo lo que tú amas.
No anhelo nada más, Dios mío. Entrego mi espíritu a tus manos, te lo doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque te quiero y me lo exige el amor que te tengo: abandonar todo, sin medida, entre tus manos. Me confío a ti, con inmensa confianza porque tú eres mi Padre.

Beato Carlos de Foucauld Militar y explorador, se hizo sacerdote. Murió asesinado por una banda de forajidos en el Sahara argelino (1858-1916).


martes, 10 de enero de 2017

DE JUAN BAUTISTA A JESÚS.

Juan, al enviar a sus discípulos a Jesús, se preocupó de la ignorancia de estos, no de la suya propia, porque él mismo había proclamado que alguno vendría para la remisión de los pecados. Pero para hacerles saber que no había proclamado a ningún otro que Jesús, envió a sus discípulos a que vieran sus obras a fin de que ellas dieran autoridad a su anuncio y que no esperaran a ningún otro Cristo fuera de aquel que sus mismas obras habían dado testimonio de él.

Y puesto que el Señor se había revelado enteramente a través de sus acciones milagrosas, dando la vista a los ciegos, el andar a los cojos, la curación a los leprosos, el oído a los sordos, la vida a los muertos, la instrucción a los pobres, dijo: Dichoso el que no se sienta defrau­dado por mí.
¿Acaso Cristo había ya hecho algún acto que pudiera escandalizar a Juan? Por supuesto que no. En efecto, se mantenía en su propia línea de ense­ñanza y de acción. Pero es preciso estudiar el alcance y el carácter específico de lo que dice el Señor: la Buena Nueva es recibida por los pobres. Se trata de los que habrán perdido su vida, que habrán tomado su cruz y le habrán seguido, que llegarán a ser humildes de corazón y para los cuales está preparado el reino de los cielos. Y porque el conjunto de sus sufrimientos iba a converger en los del Señor y su cruz iba a ser un escán­dalo para un gran número de ellos, declaró dichoso a aquellos cuya fe no sucumbiría a ninguna tentación a causa de su cruz, su muerte, su sepultura.

San Hilario

Nació en Poitiers, ciudad de la que fue obispo. Por luchar contra la herejía arriana sufrió el destierro;

es doctor de la Iglesia (t 367).


martes, 3 de enero de 2017

LOS ANGELES DE LA GUARDIA


Los ángeles se ocupan activamente de nosotros en la Iglesia. No hay ningún cristiano que por muy humilde que sea no tenga un ángel para servirle, si vive por la fe y el amor. Aunque ellos sean tan excelsos, glorio­sos, puros, tan maravillosos que su sola vista hace que nos postremos, como le sucedió al profeta Daniel, con todo, son nuestros servidores y nuestros compañeros de trabajo. Ellos velan sobre nosotros, nos defienden si nosotros estamos enraizados en Cristo. Ellos forman parte de nuestro mundo invisible, y en alguna ocasión se manifiestan, como al patriarca Jacob.
Jacob no conocía más que el mundo visible; no cono­cía el mundo invisible y, sin embargo, el mundo invisible estaba allí, aunque Jacob no hizo nada para provocar su presencia, la cual solo se revela sobrenaturalmente. Tuvo la revelación en un sueño:


Una escalinata apo­yada en la tierra, y lo alto tocaba el cielo; los ánge­les de Dios subían y bajaban por la
de la muerte. No, existe ya ahora, aunque nosotros no lo veamos: está entre nosotros, en torno nuestro. Así se le mostró a Jacob; los ángeles estaban a su alrede­dor, allí mismo. Estos espíritus bienaventurados alaban a Dios día y noche, y nosotros, desde nuestro estado, también los podemos imitar.
Beato John Henry Newman Nace en Londres; convertido del anglicanismo, fue presbítero, cardenal y fundador de una comunidad religiosa (1801-1890).




viernes, 30 de diciembre de 2016

LA LIBERTAD RELIGIOSA.


Nuestro tiempo es dramático y al mismo tiempo fascinante. Mientras por un lado los hombres dan la impresión de ir detrás de la prosperidad material y de sumergirse cada vez más en el materialismo consumista, por otro, manifiestan la angustiosa búsqueda de sen­tido, la necesidad de interioridad, el deseo de aprender nuevas formas y modos de concentración y de oración. No sólo en las culturas impregnadas de religiosidad, sino también en las sociedades secularizadas se busca la dimensión espiritual de la vida como antídoto a la deshumanización... La Iglesia tiene un inmenso patri­monio espiritual para ofrecerá la humanidad en Cristo, que se proclama el camino, la verdad y la vida.
La Iglesia debe de ser fiel a Cristo; ella es su cuerpo y recibe la misión de hacerle presente. La Iglesia debe hacer todo lo posible para realizar su misión en el mundo y llegar a todos los pueblos; tiene también el derecho, concedido por Dios, de llevar a cabo la reali­zación de su plan. La libertad religiosa, a veces todavía limitada o restringida, es la condición y la garantía de todas las libertades que fundamentan el bien común de las personas y de los pueblos. Es de desear que se conceda a todos y en todo lugar la verdadera libertad religiosa. Se trata de un derecho inalienable de toda persona humana.
San Juan Pablo II

martes, 27 de diciembre de 2016

LA DISCRIMINACIÓN.


No podemos invocar a Dios, Padre de todos, si nos negamos a conducirnos fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de Dios. La relación del hombre para con Dios Padre y con los demás hombres sus hermanos están de tal forma unidas que, como dice la Escritura, el que no ama, no ha conocido a Dios. Así se elimina el fundamento de toda teoría o práctica que introduce discriminación entre los hombres y entre los pueblos, en lo que toca, a la dignidad humana y a los derechos que de ella dimanan.

La Iglesia, por consiguiente, reprueba como ajena al espíritu de Cristo cualquier discriminación o vejación realizada por motivos de raza o color, de condición o religión. Por esto, el sagrado Concilio, siguiendo las huellas de los santos apóstoles Pedro y Pablo, ruega ardientemente a los fieles que, «observando en medio de las naciones una conducta ejemplar», si es posible, en cuanto de ellos depende, tengan paz con todos los hombres, para que sean verdaderamente hijos del Padre que está en los cielos.


Concilio Vaticano II Concilio ecuménico XXI de la Iglesia católica (1963-1965).

sábado, 24 de diciembre de 2016

LA PRIMERA LECCIÓN DEL AMOR DE DIOS.


Hace mucho frío sobre la tierra. Los cielos están tan bordados de estrellas que solamente se adivina el fondo azul oscuro de la bóveda celeste, inundada de tinie­blas. En la tierra...una estrella de las más pequeñas del inmenso sistema planetario... están ocurriendo esta noche prodigios que asombran a los ángeles...: un Dios que por amor al hombre desciende humillado en carne mortal y nace de una mujer, en una estrella de las más pequeñas... de las más frías, en la tierra...


Los hombres también tienen hielo en sus corazones. Nadie acude a presenciar el milagro del nacimiento de Dios. Solamente se reduce el mundo entero a una mujer que se llama María, a un hombre de ojos azules, que se llama José, y a un Niño recién nacido que, envuelto en pañales, abre por primera vez los ojos entre el aliento de un asno y un buey, y apoyado entre un puñado de pajas, que la pobreza de José, y la solicitud y el amor de María, le han procurado. El mundo entero duerme inconsciente el pesado sueño de la carne... Hace mucho

frío esta noche en las tierras de Judá... Las estrellas que bordan los cielos, son los ojos de los ángeles que can­tan el Gloria a Dios en las alturas..., canto hecho para Dios, oído por unos pastores, que vigilan sus rebaños y acuden a adorar, con sus almas infantiles, a Jesús que acaba de nacer...

La primera lección del amor de Dios... Y aunque mi alma no tiene la castidad de José ni el amor de María..., ofrecí al Señor mi pobreza absoluta de todo, mi alma vacía; y si no le entoné himnos como los ánge­les, procuraré cantarle coplas de pastores..., la canción del pobre, del que nada tiene, la canción del que solo miserias puede ofrecerá Dios... Pero no importa, pues las miserias y flaquezas ofrecidas a Jesús por un cora­zón de veras enamorado, son aceptadas por Él, como si fueran virtudes... Grande..., inmensa es la miseri­cordia de Dios. Mi carne mortal, no oye las alabanzas del cielo, pero mi alma divina, que también hoy como entonces, los ángeles miran asombrados a la tierra y entonan el Gloria a Dios en las alturas y paz en la tie­rra a los hombres de buena voluntad.

San Rafael Arnáiz Barón

Joven monje trapense, uno de los grandes místicos del siglo XX. Sus numerosos escritos se han difundido ampliamente.

Fue canonizado en el año 2009 (1911-1938).