El incesante ejercicio de la oración, unido a la continua práctica de la
virtud, había conducido a Francisco a tal limpidez y serenidad de mente que, a
pesar de no haber adquirido por adoctrinamiento humano conocimiento de las sagradas
letras, iluminado con los resplandores de la luz eterna, llegaba a sondear con
admirable agudeza de entendimiento las profundidades de las Escrituras. Su
ingenio, limpio de toda mancha, penetraba los más ocultos misterios donde no
alcanzaba la ciencia de los maestros.
Le preguntaron en cierta ocasión los hermanos si sería de su agrado que los
letrados admitidos ya en la Orden se aplicasen al estudio de la Sagrada Escritura,
y Francisco respondió. “Sí, pero a condición de que, a ejemplo de Cristo, de
quien se dice que se dedicó más a la oración que a la lectura, no descuiden el
ejercicio de la oración, ni se entreguen al estudio sólo para saber cómo han de
hablar, sino más bien, para practicar lo que han leído y, practicándolo, lo
propongan a los demás para que lo pongan por obra. Quiero que mis hermanos sean
discípulos evangélicos y de tal modo progresen en el conocimiento de la verdad,
que crezcan en pura simplicidad, sin separar la sencillez de la paloma de la prudencia
de la serpiente, virtudes que el soberano Maestro aunó en la enseñanza de sus
benditos labios”.
San BUENAVENTURA
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