domingo, 21 de febrero de 2016

ESPIRITTUALIDAD DE SAN RAFAEL ARNAÍZ.



Yo también alguna vez, allá en el mundo, corría por las carreteras de España, ilusionado de poner el mar­cador del automóvil a 120 km por hora... ¡Qué estupi­dez! Cuando me di cuenta de que el horizonte se me acababa, sufrí la decepción del que goza la libertad de la tierra, pues la tierra es pequeña y, además, se acaba con rapidez. No hay mundo bastante para él, y sólo encuentra lo que busca en la grandeza e inmensidad de Dios. ¡Hombres libres que recorréis el planeta! No os envidio vuestra vida sobre el mundo. Encerrado en un convento, y a los pies de un crucifijo, tengo libertad infinita, tengo un cielo, tengo a Dios. ¡Qué suerte tan grande es tener un corazón enamorado de él!


¡Pobre hermano Rafael!... Sigue quieto, clavado, pri­sionero de tu Dios, a los pies de su Sagrario. Escucha el lejano alboroto que hacen los hombres al gozar bre­ves días su libertad por el mundo. Escucha de lejos sus voces, sus risas, sus llantos, sus guerras... Escucha y  medita un momento. Medita un momento en la vida de Cristo y verás que en ella no hay libertades, ni ruido, ni voces. Verás al Hijo de Dios sometido al hombre. Verás a Jesús obediente, sumiso y que con serena paz sólo tiene por ley de vida cumplir la voluntad de su Padre. Y, por último, contempla a Cristo clavado en cruz... ¡A qué hablar de libertades!
San Rafael Arnáiz Barón







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