martes, 21 de marzo de 2017

LA DONACIÓN.


Que vengan los sabios preguntando dónde está Dios. Dios está donde el sabio con la ciencia soberbia no puede llegar... Dios está en el corazón desprendido... en el silencio de la oración, en el sacrificio voluntario al dolor, en el vacío del mundo y sus criaturas...

Dios está en la cruz, y mientras no amemos la cruz, no le veremos, no le sentiremos...

Callen los hombres, que no hacen más que meter ruido.

¡Ah!, Señor, qué feliz soy en mi retiro... Cuánto te amo en mi soledad... Cuánto quisiera ofrecerte lo que no tengo, pues ya te he dado todo... Pídeme, Señor... mas ¿qué he de darte?

¿Mi cuerpo?, ya lo tienes; es tuyo. ¿Mi alma?... Señor, ¿en quién suspira sino en ti, para que de una vez la aca­bes de tomar? ¿Mi corazón? Está a los pies de María, llorando de amor... sin ya nada querer, más que a ti.

¿Mi voluntad? ¿Acaso, Señor, deseo lo que tú no deseas? Dímelo... dime, Señor, cuál es tu voluntad, y pondré la mía a tu lado... Amo todo lo que tú me envíes y me mandes, tanto salud como enfermedad, tanto estar aquí como allí, tanto ser una cosa como otra.

¿Mi vida? Tómala, Señor Dios mío, cuando tú quieras.

¡Cómo no ser feliz así!

Si el mundo y los hombres supieran. Pero no sabrán; están muy ocupados en sus intereses; tienen el cora­zón muy lleno de cosas que no son Dios.

San Rafael Arnáiz Barón

Joven monje trapense, uno de los grandes místicos del siglo XX. Sus numerosos escritos se han difundido ampliamente.

viernes, 17 de marzo de 2017

¡LEVANTATE!


Queridos jóvenes: ¡Solo Cristo puede dar la verdadera respuesta a todas vuestras dificultades! El mundo está necesitado de vuestra respuesta personal a las palabras de vida del Maestro: Contigo hablo, levántate. Estamos viendo cómo Jesús sale al paso de la humanidad, en las situaciones más difíciles y penosas. El milagro rea­lizado en casa de Jairo nos muestra su poder sobre el mal. Es el Señor de la vida, el vencedor de la muerte... ¡Buscad a Cristo! ¡Mirad a Cristo! ¡Vivid en Cristo! Este es mi mensaje: «Que Jesús sea la piedra angular, de vuestras vidas y de la nueva civilización que en solida­ridad generosa y compartida tenéis que construir. No puede haber auténtico crecimiento humano en la paz y en la justicia, en la verdad y en la libertad, si Cristo no se hace presente con su fuerza salvadora».



¿Qué significa construir vuestra vida en Cristo? Significa dejaros comprometer por su amor. Un amor que pide coherencia en el propio comportamiento, que exige acomodar la propia conducta a la doctrina y a los mandamientos de Jesucristo y de su Iglesia; un amor que llena nuestras vidas de una felicidad y de una paz que el mundo no puede dar, a pesar de que tanto la necesita. No tengáis miedo a las exigencias del amor de Cristo. Temed, por el contrario, la pusilanimidad, la
ligereza, la comodidad, el egoísmo; todo aquello que quiera acallar la voz de Cristo que, dirigiéndose a cada una, a cada uno, repite: Contigo hablo, levántate.

Mirad a Cristo con valentía, contemplando su vida a través de la lectura sosegada del evangelio; tratándole con confianza en la intimidad de vuestra oración, en los sacramentos, especialmente en la sagrada Eucaristía.

Si tratáis a Cristo, oiréis también vosotros en lo más íntimo del alma los requerimientos del Señor, sus insi­nuaciones continuas. Jesús continúa dirigiéndose a voso­tros y repitiéndoos: Contigo hablo, levántate.

San Juan Pablo II

Primer popa polaco de la historia. Su pontificado ha sido el tercero más largo de la historia (1920-2005).




martes, 14 de marzo de 2017

LAS MISIONES.


Como el Hijo fue enviado por el Padre, así también él envió a los apóstoles diciendo: Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo.


Este solemne mandato de Cristo de anunciar la ver­dad salvadora, la Iglesia lo recibió de los apóstoles con orden de realizarlo hasta los confines de la tierra. Por eso hace suyas las palabras del apóstol: ¡Ay de mí si no evangelizare!, y sigue incesantemente enviando evangelizadores, mientras no estén plenamente establecidas las Iglesias recién fundadas y ellas, a su vez, continúen la obra evangelizadora.

El Espíritu Santo la impulsa a cooperar para que se cumpla el designio de Dios, quien constituyó a Cristo principio de salvación para todo el mundo. Predicando el evangelio, la Iglesia atrae a los oyentes a la fe y a la confesión de la fe, los prepara al bautismo, los libra de la servidumbre del error y los incorpora a Cristo para que por la caridad crezcan en él hasta la plenitud. Con su trabajo consigue que todo lo bueno que se encuen­tra sembrado en el corazón y en la mente de los hom­bres y en los ritos y culturas de estos pueblos, no solo no desaparezca, sino que se purifique, se eleve y per­feccione para la gloria de Dios, confusión del demonio y felicidad del hombre.

La responsabilidad de diseminar la fe incumbe a todo discípulo de Cristo en su parte.


Concilio Vaticano II
Concilio ecuménico XXI de la Iglesia católica (1963-1965).


viernes, 10 de marzo de 2017

LA FELICIDAD.


Aunque es un texto para ser meditado de forma continua y siempre desde la persona de Cristo, podemos hacer algu­nas reflexiones. La primera es que si aspiramos a la felicidad del cielo, un criterio para saber que nos acercamos a ella es ser ya felices en la tierra. No se trata de esa felicidad vacua que vende el mundo y que muchas veces es al precio de un corazón vacío; un simple estar satisfechos o contentos. Aquí se habla de una felicidad, la verdadera, que va unida al amor. Es una felicidad donde se conjuga la total apertura a Dios desde la inocencia y la sencillez (pobres, limpios), con la acción más atrevida (hambre de justicia, trabajo por la paz, práctica de la misericordia) y con la contradicción más extrema (sufrimiento, llanto, persecución por la justicia y por el nombre de Cristo).
Se trata de una felicidad que no puede ser sino la de Cristo y que nos lleva a querer imitarle en algo muy radical: al igual que él quiso en todo cumplir la voluntad del Padre, también nosotros hemos de dejarnos amar por Cristo en todas las cir­cunstancias. Así es bienaventurado no el que busca situaciones especiales de santificación (la historia está llena de penitentes y de gente esforzada que descuidó lo esencial), sino el que es capaz de descubrir en todo momento y circunstancia que Dios le ama; que en aquella situación se está realizando la historia de amor de Dios para con los hombres y que él tiene la oportunidad de percibirlo. Esa certeza es la que nos llena de felicidad porque en lo efímero y contingente se revela lo eterno y lo que dura para siempre: el amor de Dios.


DAVID AMADO FERNÁNDEZ

martes, 7 de marzo de 2017

OTRAS BIENAVENTURANZAS.


Bienaventurado el siervo que devuelve todos los bie­nes al Señor Dios, porque quien retiene algo para sí, esconde en sí el dinero de su Señor Dios, y lo que creía tener se le quitará.

Bienaventurado el siervo que no se tiene por mejor cuando es engrandecido y exaltado por los hombres, que cuando es tenido por vil, simple y despreciado, porque cuanto es el hombre delante de Dios, tanto es y no más.

Bienaventurado aquel religioso que no encuentra pla­cer y alegría sino en las santísimas palabras y obras del Señor, y con ellas conduce a los hombres al amor de Dios con gozo y alegría.



Bienaventurado el siervo que, cuando habla, no mani­fiesta todas sus cosas con miras a la recompensa, y no es ligero para hablar, sino que prevé sabiamente lo que debe hablar y responder. ¡Ay de aquel religioso que no guarda en su corazón los bienes que el Señor le mues­tra y no los muestra a los otros con obras, sino que, con miras a la recompensa, ansia más bien mostrarlos a los hombres con palabras! Él recibe su recompensa, y los oyentes sacan poco fruto.
Bienaventurado el siervo que atesora en el cielo los bienes que el Señor le muestra, y no ansia manifestar­los a los hombres con la mira puesta en la recompensa, porque el Altísimo en persona manifestará sus obras a todos aquellos a quienes le plazca. Bienaventurado el siervo que guarda en su corazón los secretos del Señor.



San Francisco de Asís Fundador de los Hermanos Menores (1182-1226





viernes, 3 de marzo de 2017

SAN PABLO.


El bienaventurado Pablo que nos reúne hoy ha ilumi­nado al mundo entero. Cuando fue llamado se quedó ciego. Pero esta ceguera hizo de él una antorcha para el mundo. Veía para hacer el mal. En su sabiduría, Dios le volvió ciego para iluminarle para el bien. No solamente le manifestó su poder sino que le reveló las entrañas de la fe que iba a predicar. Había que alejar de él todos los prejuicios, cerrar los ojos y perder las luces falsas de la razón para percibir la buena doctrina, hacerse loco para llegar a ser sabio como él mismo dirá más tarde. No hay que pensar que esta vocación le ha sido impuesta. Pablo era libre para escoger.

Impetuoso, vehemente, Pablo tenía necesidad de un freno enérgico para no dejarse llevar por la fuga y des­preciar la llamada de Dios. Dios, pues, de antemano reprimió este ímpetu, cubriéndolo con la ceguera, apa­ciguando su cólera. Luego, le habló. Le dio a conocer su sabiduría inefable para que reconociera a aquel que perseguía y comprendiera que no podría resistir a su gracia. No es la privación de la luz lo que le hizo que­dar ciego sino el exceso de ella.

Dios escogió este momento. Pablo es el primero de reconocerlo: Pero cuando aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo. ¡Aprendamos, pues, de boca de Pablo que ni él ni nadie después de él ha encontrado a Cristo por su propio espíritu! Es Cristo que se revela y se da a conocer, como lo dice el mismo Salvador: No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros.


San Juan Crisóstomo Natural de Antioquía, fue monje y obispo de Constantinopla;

gran predicador y escritor, murió en el destierro.

Es doctor de la Iglesia (Ca. 349-407).

martes, 28 de febrero de 2017

LA SIEMBRA EN LA GALERÍA DE LOS GENTILES.


El evangelio nos narra los inicios del ministerio público de Jesús. El Señor no empieza su predicación en Jerusalén, donde estaba el centro físico del culto de Israel, sino en una zona que era vista con cierto desprecio por parte del judaismo: Galilea de los gentiles. Continuamente descu­brimos cómo el amor del corazón de Cristo lo mueve hacia los desfavorecidos, hacia los despreciados. Va a una tierra que vive en tinieblas para llevar la luz. Si aplicamos toda la profecía de Isaías, que leemos en la primera lectura, vemos que Jesús empieza allí a mostrar la salvación que conlleva la alegría. Este texto nos mueve a muchas consideraciones. Por una parte, está todo lo que ha dicho el papa Francisco sobre «una Iglesia en salida», que busca a los que aún no conocen a Cristo para mostrarles su misericordia. También nos habla de que nadie debe ser dejado de lado por un prejuicio. El poder de transformar los corazones viene de la gracia.

San Mateo resume así el inicio de la predicación de Cristo: Convertios, porque está cerca el Reino de los cielos. La sal­vación es algo que se nos da, pero que ha de ser acogido. El Reino no se instaura de forma violenta. No es así el proceder de Dios. De ahí que se haga una llamada a la conversión. Se indica así también que solo se participa verdaderamente de ese reino si nos abrimos al amor de Dios. De nada nos ser­viría que todo se transformara a nuestro exterior si no fué­ramos capaces de participar de ello.

DAVID AMADO FERNÁNDEZ