jueves, 14 de diciembre de 2017

LOS DOS PRECEPTOS.


Reinar en el cielo es estar íntimamente unido a Dios y a todos los santos con una sola voluntad, y ejercer todos ¡untos un solo y único poder. Ama a Dios más que a ti mismo y ya empiezas a poseer lo que tendrás perfectamente en el cielo. Ponte de acuerdo con Dios y con los hombres -con tal de que estos no se apar­ten de Dios- y empiezas ya a reinar con Dios y con todos los santos. Pues en la medida en que estés ahora de acuerdo con la voluntad de Dios y de los hombres, Dios y todos los santos se conformarán con la tuya. Por tanto, si quieres ser rey en el cielo, ama a Dios y a los hombres como debes, y merecerás ser lo que deseas.

Pero no podrás poseer perfectamente este amor si no vacías tu corazón de cualquier otro amor. Por eso, los que tienen su corazón llenos de amor de Dios y del prójimo no quieren más que lo que quieren Dios o los hombres, con tal que no se oponga a la volun­tad de Dios. Por eso son fieles a la oración, hablan del cielo y se acuerdan de él, porque es dulce para ellos desear a Dios, hablar y oír hablar de él y pensar en quien aman. Por eso también se alegran con el que está alegre, lloran con el que sufre, se compadecen de los desgraciados y dan limosna a los pobres, por­que aman a los demás hombres como a sí mismos. De esta manera toda la Ley y los Profetas penden de estos dos preceptos de la caridad.

San Anselmo de Canterbury

Nace en Aosta, Piamonte; monje en Normandía y gran teólogo;

pasó a Inglaterra como obispo de Canterbury.
Es doctor de la Iglesia (1033-1109)

martes, 12 de diciembre de 2017

¡ OJALA EL FUEGO NOS ILUMINE !


He venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo! El Señor quiere que seamos vigilantes, esperando de un momento a otro la venida del Salvador. No es un fuego que des­truye, sino que genera una voluntad dispuesta, que purifica los vasos de oro de la casa del Señor, consu­miendo la paja, limpiando toda la ganga del mundo, acumulada por el gusto de los placeres mundanos. Este fuego es el que quema los huesos de los profetas, como declara Jeremías: Había dentro de mí como un fuego devorador encerrado en mis huesos.

El Señor mismo es como un fuego: La zarza estaba ardiendo pero no se consumía. El fuego del Señor es luz eterna; en este fuego se encienden las lámparas de los fieles: Tened ceñida la cintura y las lámparas encendidas. Porque los días de esta vida todavía son noche oscura y es necesaria la lámpara. Este fuego es el que, según el testimonio de los discípulos de Emaús, encendió el mismo Señor en sus corazones: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?
Los discípulos nos ense­ñan con claridad cómo actúa este fuego que ilumina el fondo del corazón humano. De ahí que el Señor llegue con fuego para consumir los vicios en el momento de la resurrección, para colmar con su presencia el deseo de todo hombre y proyectar su luz sobre los méritos y misterios.

San Ambrosio
Nació en Tréveris (Alemania). De familia y educación romana, fue obispo de Milán, elocuente predicador y gran catequeta: convirtió y bautizó a san Agustín. Es doctor de la Iglesia (340-397)





jueves, 7 de diciembre de 2017

ORAR POR LA NOCHE.


La oración hecha durante la noche tiene un gran poder, mayor que la que se hace durante el día. Por eso todos los santos han tenido la costumbre de orar de noche, combatiendo el amodorramiento del cuerpo y la dulzura del sueño, sobreponiéndose a su natura­leza corporal. El mismo profeta decía: Estoy agotado de gemir: de noche lloro sobre el lecho, riego mi cama con lágrimas, mientras suspiraba desde lo hondo de su corazón con una plegaria apasionada. Por cada una de las peticiones que los santos querían dirigir a Dios con fuerza, se armaban con la oración durante la noche y así recibían lo que pedían.
El mismo Satanás nada teme tanto como la oración que se hace durante las vigilias. Aunque estén acompa­ñadas de distracciones, no dejan de dar fruto, a no ser que se pida lo que no es conveniente. Por eso entabla severos combates contra los que velan para hacerles desdecir, tanto como sea posible, de esta práctica, sobre todo si se mantienen perseverantes. Pero los que se ven fortificados contra estas astucias perniciosas y han saboreado los dones de Dios concedidos durante las vigilias, y han experimentado personalmente la gran­deza de la ayuda que Dios les concede, le desprecian enteramente a él y a todas sus estratagemas.
San Isaac el Sirio
Monje y obispo, asceta, místico, escritor y teólogo (640-700).

martes, 5 de diciembre de 2017

LOS BIENES DE LA TIERRA.


El Señor no nos reprocha que gocemos de los bie­nes terrestres, y él mismo dice que, teniendo en cuenta nuestra situación de aquí abajo, tenemos necesidad de ellos para que nuestra existencia pueda gozar de tran­quilidad y hacer más fácil y cómodo el camino hacia nuestra patria celestial. La Santa Iglesia pide que eso nos sea concedido. A pesar de que las penas, los males y las necesidades sean inseparables de nuestra vida en la tie­rra, jamás el Señor ha querido que las preocupaciones y las miserias constituyan toda la trama de la misma. Por eso, por boca del apóstol Pablo nos recomienda llevar unos las cargas de los otros a fin de obedecer a Cristo quien, personalmente, nos ha dado el precepto de amarnos los unos a los otros. ¿No ha descendido del cielo el Señor no para ser servido sino para servir y dar su vida en rescate por muchos? Comportaos así, amigos de Dios, y conscientes de la gracia de la cual habéis sido visiblemente objeto, comunicadla a todo hombre deseando su salvación.

La mies es abundante, dice el Señor, pero los sega­dores son pocos. Habiendo recibido los dones de la gracia, estamos llamados a trabajar recogiendo las espigas de salvación de nuestros prójimos para poner en numerosos graneros en el reino de Dios a fin de que den mucho fruto, unos treinta, otros sesenta, y los otros cien.
San Serafín de Sarov
Monje ortodoxo, uno de los santos más venerados en la Iglesia ortodoxa. Durante muchos años llevó una vida de ermitaño (1759-1883




viernes, 1 de diciembre de 2017

DAR AL CESAR...


Jesús no va a negar la legitimidad del ámbito político, ni el de cualquier aspecto de la realidad humana, pero va a mostrar que a Dios no se le puede ence­rrar en él porque lo trasciende. Hay un orden social que debe ser cuidado pero, y es lo más importante, hay que darle a Dios lo que le corresponde. Al igual que una moneda lleva la efigie de quien la ha acuñado, también el hombre, en su interior, lleva la imagen de Dios. Con contundencia señaló san Juan Crisóstomo: «Cuando se os dice "dad al César lo que es del César", entended que habla el Señor solo de aquellas cosas que no pugnan con la religión, pues, en caso contrario, ya no sería un tributo pagado al César, sino al diablo».
Las palabras de Jesús no conducen a un enfrentamiento, ese en que lo querían introducir herodianos y fariseos, sino, al contrario, iluminan un mundo que Dios ama y que quiere ordenar con su amor contando con la libertad humana. Precisamente, al colocar a Dios en primer lugar, se ordenan todos los deberes de justicia y todos los amores. Solo de esa manera es posible dar el trato adecuado a cada uno.

David AMADO FERNÁNDEZ

miércoles, 29 de noviembre de 2017

ACEPTAR.


Dios me envía la cruz... bendita sea, pues si, como dice Job, recibimos alegremente de la mano de Dios los bienes, ¿porqué no recibirlos males?

Todo nos viene de él, salud y enfermedad, bienes temporales, desgracias y reveses en la vida... todo, absolutamente todo, lo tiene ordenado con perfección, y si alguna vez la criatura se rebela contra lo que Dios le manda, comete un pecado, pues todo es necesario y todo está bien hecho; y son necesarias las risas y las lágrimas, y de todo podemos sacar provecho para nuestra perfección, siempre que, con espíritu de fe, veamos la obra de Dios en todo, y quedemos como niños en las manos del Padre, pues nosotros solos, ¿dónde vamos a ir?
Claro que no trato de arrancarme esos sentimientos, solamente lo que Dios quiere de mí es perfeccionar­los, y para eso me lleva de aquí a allí como un juguete y dejando pedazos de corazón en todas partes. ¡Qué grande es Dios y qué bien lo hace todo! ¡Cuánto me quiere y qué mal correspondo! Su providencia es infi­nita y a ella nos debemos entregar sin reservas.
San Rafael Arnaiz Barón
Joven monje trapense, uno de los grandes místicos del siglo XX. Sus numerosos escritos se han difundido ampliamente.
Fue canonizado en el año 2009 (1911-1938).


viernes, 24 de noviembre de 2017

EL AMOR Y EL ODIO.


Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único. Este Hijo único se entregó a sí mismo no porque haya prevalecido la voluntad de sus enemigos, sino porque él mismo quiso. Amó a los suyos, y los amó hasta el fin. El fin es la muerte aceptada por los que ama; este es el fin de toda perfección, el fin del amor perfecto, porque nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.

Este amor de Cristo ha sido, en su muerte, más pode­roso que el odio de sus enemigos; el odio tan solo pudo hacer lo que el amor le permitió. Judas, o los enemigos de Cristo, lo entregaron a la muerte por un malvado odio. El Padre entregó a su Hijo y el Hijo se entregó a sí mismo por amor. Sin embargo, el amor no es el culpable de la traición; es inocente incluso cuando Cristo muere por amor. Porque tan solo el amor puede hacer impunemente lo que le parece bien. Tan solo el amor puede constreñir a Dios y, por decirlo de alguna manera, mandar sobre él. Es el amor lo que le ha hecho descender del cielo y ponerlo en la cruz, es el amor el que ha hecho derramar la sangre de Cristo por la remisión de los pecados en un acto tan inocente como saludable. Nuestra acción de gracias por la salvación del mundo se debe, pues, al amor. Y es él mismo el que nos impele, por una lógica que constriñe, a amar a Cristo tanto como se le haya podido odiar.


San Balduino de Ford Abad
 cisterríense (t Ca. 1190).